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La tardía regeneración en el Real Zaragoza: Al Zaragoza lo defiende su gente

Seguramente sea ya tarde, cuando no hay remedio y la medida se enmarque más en una huida hacia delante que en otra cosa, pero el caso es que el Real Zaragoza ha cambiado por completo su fisonomía en apenas unas horas. La previsible derrota ante el Burgos después de que desde el club se concediera una última oportunidad a Rubén Sellés en una decisión recurrente que nunca antes había dado resultado, ha hecho saltar todo por los aires en el club, que solo ha movido pieza cuando no le ha quedado más remedio.

Parece el Zaragoza sentenciado ya a muerte y condenado a una lenta y dolorosa agonía de aquí a final de curso, pero las 14 jornadas restantes obligan, al menos, a intentarlo pero, sobre todo, a dar la cara y recuperar parte de la ingente dosis de honor perdida a lo largo de un curso marcado por el fracaso y la vergüenza. Solo en ese escenario en el que todo parece ya perdido, el Zaragoza se ha decidido al fin a acometer una medida tan urgente como necesaria: la devolución de arraigo y la dotación de zaragocismo e identidad a un equipo y a un club carentes de todo ello.

La llegada de Lalo Arantegui a la dirección deportiva ha sido el génesis de un rescate. El aragonés impuso para aceptar su vuelta plena autoridad para crear un grupo de trabajo formado por profesionales aragoneses con amplio conocimiento no solo del entramado futbolístico sino también, y sobre todo, del Real Zaragoza.

Perfecto conocedor de los principales defectos y carencias que asolaban al club, Lalo tenía claro incluso antes de firmar que el proceso de regeneración y limpieza debía pasar, ineludiblemente, por el compromiso, la identidad y el sentimiento. Fran Gracia, también aragonés y zaragocista, sería su mano derecha. Y, en función del número de las posibilidades del club, su grupo de trabajo quedaría completado por uno o dos efectivos más, también de la casa. Al final, Néstor Pérez, de perfil idóneo para el cargo y con un zaragocimo a prueba de bombas y fuera de toda duda, fue el elegido no solo para completar la secretaría técnica sino también para ejercer de asistente de David Navarro, al que, como se apresuró a matizar el club para disipar sospechas, el propio Arantegui señaló para hacerse cargo del primer equipo.

Arantegui, Gracia, Pérez y Navarro. Cuatro apellidos más o menos aragoneses para subrayar el severo cambio de rumbo de un club a la deriva que se encomienda, como casi siempre, a la gente de la tierra solo cuando todo salta por los aires y reina la desesperación.

Bien es cierto que esa intención de incrementar la presencia aragonesa en todos los estamentos y sectores de la entidad (también en la propiedad) fue expuesto ante la afición por el director general Fernando López y, sobre todo, por el consejero Juan Forcén, el poderoso empresario aragonés que es, actualmente, el hombre fuerte del Consejo. Pero la tibieza ha presidido las escasas actuaciones destinadas a este propósito. De hecho, la Ciudad Deportiva es un desastre por dentro y por fuera y acumula dos meses sin director mientras el resto de la plana mayor de la cantera parece tener las horas contadas en sus cargos.

Con Indias y Sellés ya fuera (ninguno de ellos se ha despedido todavía del zaragocismo), el Real Zaragoza vuelve a empezar de cero. Es el comienzo de una regeneración destinada a darle la vuelta al club de arriba abajo, pero, salvo milagro, el proceso se acometerá fuera del fútbol profesional por esa temeraria insistencia en abrazarse a la inacción y en evitar males mayores cuando todavía se está a tiempo. Al Zaragoza, como siempre, lo defiende su gente.

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