Si pierdes en Girona y el mejor es tu portero, tienes un problema. En Montilivi, el Barça fue un torrente de angustia, prisas e inseguridades. Donde hace un tiempo divertía, ahora hace sufrir. Una imagen y un dato fueron el espejo del alma. Pau Cubarsí, tras cabecear su primer gol en la Liga, ni lo celebró. Sintió alivio y se sacó un peso de encima. No duró nada. Al minuto, como en Anoeta, gol del Girona. El dato es de Lamine Yamal: 24 balones perdidos. Él, que casi siempre decide bien, imbuido por es versión atolondrada e irreconocible del Barça de Hansi Flick. Por primera vez, el técnico se enfrenta a la falta de eficacia en ataque, un déficit inédito hasta hace poco. Su idea siempre tuvo tres ejes: la línea del fuera de juego, una presión alta a todo tren para minimizar riesgos y una definición demoledora. El lunes, 27 tiros. Sólo cuatro entre palos. El equipo ha dejado de embocar, el nivel de exigencia en el robo tras pérdida no parece sostenible y los rivales le han pillado el truco a la última línea. Ante eso, no hay un plan para defender con balón. No tienes a Pedri, vale. Pero ni la pausa ni el control fueron nunca valores estructurales en el libro de Flick. Si no, no se entiende un centro del campo con sólo un medio puro - De Jong - y dos interiores - Olmo y Fermín - que son delanteros. Cuando puso a Casadó - ante el Atleti - tampoco funcionó. La prioridad es manejar el juego desde las transiciones. No desde la posesión. Sin orden alrededor del balón, vas tarde a la presión y corres hacia atrás. Mucho y mal. El entrenador es Flick. Concitó los elogios en la opulencia y ahora le toca intervenir. Hay tiempo, pero no tanto.
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