La vida que a menudo toca a la mayoría es una mezcla de expectativas infundadamente altas, mala suerte y decisiones equivocadas. Hay momentos buenos, sin duda, pero suelen ser cortos. La mediocridad es estadísticamente irrefutable, sino el mundo sería un caos. Y lo mejor es que toda esa coreografía de la impotencia tiene lugar en el límite del fracaso, sin que el final sea nunca rotundo y demasiado claro, especialmente para el interesado. Y así uno puede seguir ilusionándose en evitar la derrota.